domingo, 10 de julio de 2011

Finde viajero

Cuando vivía en Duisburg fueron pocos (muy pocos, de hecho desde que cobré el primer sueldo, absolutamente ninguno) los findes que me quedé en mi casa. Cuando vivía en Hessental pasaba tres cuartos de lo mismo (entre otras cosas porque si me pasaba dos días seguidos en aquel cuarto, habría cabado tirándome por la ventana a las vías del tren, que para algo las tenía cerquita). Sin embargo, desde que me mudé a Öhringen mi tasa de viajes de fin de semana se ha reducido drásticamente. Porque es verdad que me gusta quejarme de pueblo, pero por lo menos entre el Weindorf, el pub pseudoirlandés, las heladerías y el minizoo con asnos, sí que hay algo de vidilla en el poblado.

Sin embargo echaba de menos viajar, moverme, concer otros sitios y a gente diferente (a ver, no es que no me mueva, vivendo aquí he ido a Hamburgo, a Crailsheim y a España en vacaciones, pero viajes cortos e intensos de fin de semana más bien ninguno... hasta ahora). Así que este fin de semana me he desquitado y, empezando el viernes y acabando hace un rato, he estado todo el finde de picos pardos... pero mejor empiezo por el principio.

El martes llegaron Laura e Iago, unos amigos de Aitor (¡¡ay, lo que te voy a echar de menos el año que viene!!), se alquilaron un coche y el viernes quedamos en Schwäbisch Hall para ver la ciudad, tomarnos una birrilla e ir al teatro al aire libre. Vimos un musical que se llama "Summer of Love", una historia de los años sesenta-setenta en Alemania; la verdad es que estuvo bien, pero lo más impresionante fue verles cantar y bailar en las escaleras de la iglesia. Después del teatro, visitada obligada al Biergarten, y luego vuelta para Öhringen, donde dormimos.

El sábado por la mañana carretera y manta; cogimos el coche, nos plantamos en Núremberg, vimos la plaza de mercado, la dimos tres vueltas al aro de la fuente, subimos al castillo,nos tomamos unas salchichas y rumbo al monasterio donde hacen la que está considerada la mejor cerveza del mundo: la Weltenburger. No llegamos a tiempo de ver el monasterio por dentro, pero sí de comer en el restaurante y probar las cervezas. Como cuando llegamos no había mesas libres, nos sentamos en una mesa en la que ya había gente, pero que había cuatro sillas libres (aunque no os lo creáis, eso aquí en Alemania es muy normal). Nos pusimos como el kiko de comer: una salchicha que parecía un chirizo entero por el tamaño, codillo y filetes típicos bávaros, acompañado por supuesto por la cerveza del monasterio y de postre Apfelstrudel y Tarta de queso (y todavía me sorprendo de que Víctor, el que da los cursos de profesores, me diga lo que cada vez que me ve, estoy más gordo). Cuando acabamos, Aitor y yo nos compramos unos barriles de cerveza (¿para qué comprar un botellín pudiendo comprar cinco litros?) y llevamos a Laura e Iago al aeropuerto. Que todo lo bueno se acaba y sus vacaciones terminaron ayer... pero nsootros dos seguimos a Biberach.

Y ¿qué hay en Biberach? Pues básicamente, un albergue que tenía plazas para esa noche. Pero aún así fuimos a investigar el lugar para comprobar si había algo más. Porque el mundo sólo avanza si se investiga, y a mí personalmente las investigaciones nocturnas me gustan, y mucho. En nuestra ardua labor investigativa descubrimos varias cosas: que, a pesar de lo que yo pueda encabezonarme Biberach sigue estando en Baden-Würtenberg, que en Biberach los precios son muy baratos (pizzas en condiciones por 5 euros, birras de medio litro por menos de dos), y que en Biberach llueve... mucho. Ya luego, una vez comprobado que las ciudades con poca vida nocturna, en las noches de lluvia tienen aún menos vida nocturna, nos volvimos al albergue y nos fuimos a la cama.

Y ya esta mañana pusimos rumbo a Meersburg, a la orillita del lago Constanza, una ciudad que me recordó a Provincetown, en la puntita de Massachusetts, así muy costera, pero en plan vacaciones de gente con dinero, que en vez de irse al embarcadero de Valverde del Camino, pues se van al Club Náutico de Meersburg, a gastarse los cuartos, pero de buen rollo. Y allí estuvimos un rato, comiendo moras y frambuesas y viendo y escuchando tocar a una banda de viento.

Luego, cruzamos la frontera y llegamos a Suiza (sí, después de tres años viviendo en Alemania, por fín he estado en Suiza), fuimos a Schaffhausen, a ver las cataratas del Rín, que son algo más o menos así. Después, fuimos a Freiburg (Friburgo de Brisgovia), donde vive un amigo de Aitor, a comer, y a mojarnos otro poco, pero luego escampó y pudimos ver la ciudad. Que, por cierto, está también muy chula. es una ciudad universitaria, y para ser uno de los últimos domingos del curso y haber estado tormenteando hasta media horilla antes, había bastante ambientillo.

Y 250 kilómetros después, estábamos llegando a Öhringen... y cinco minutos después Aitor estaba saliendo para su casa.

¡¡¡¡¡¡Cuántas ganas tenía de un viaje así y que bien me lo he pasado!!!!!!!!!

PD: Sí, entre ayer y hoy hemos hecho esto.

3 comentarios:

Miguel Sánchez Ibáñez dijo...

Pero qué guay!!! Pedazo de tour... me has dado envidia, querido.

Inma dijo...

cuarto párrafo, el de "nos plantamos en Núremberg, vimos la plaza de mercado, la dimos tres vueltas al aro de la fuente..." vamos a ver... ¿que es eso de la dimossssssss? te estás volviendo madrileño???? espero que haya sido un desliz del dedo, jajajajajaj

afra dijo...

jajajajaja como puedes leer en la nueva entrada soy un poco mongo, jajajaja.
Sí, fue un desliz, a lo que le dimos tres vueltas, fue al aro de la fuente, no a la plaza (porque para darle tres vueltas a la plaza ya hay que tener ganas)